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Historia

Palabras pronunciadas por S.E.R. Monseñor Jorge M. Bergoglio S.J., con motivo de los 20 años del documento “Historia y Cambio”

Introducción

1. En aquellos días de marzo de 1975, se plasmaba lo que el 12 de julio de 1973 el P. Arrupe había encomendado a la Provincia Argentina de la Compañía de Jesús: refundar la Universidad del Salvador. “Refundar”en su sentido etimológico: volver a aquello que le dio fundamento, volver a la fuerza inspiradora y constructora de los pioneros de este proyecto. En aquellos días se volvió a vivir la “mística fundacional”. ¡Cuántos recuerdos! Pasaron 20 años … Muchos se han esforzado por mantener esta mística buscando, en los momentos de decisión y de conflicto, la inspiración en aquellos días. Y, como en toda historia, también existieron los que dejaron debilitar la mística, la dejaron “cansarse”en el quehacer cotidiano … y -cuando no se apagó- quedó reducida a brumosos recuerdos más acordes quizá con la palidez de un cuadro de Millet. La vigencia de una mística se va perdiendo de a poco, sin darse cuenta casi, en las sucesivas circunstancias con que la vida la maltrata: el funcionalismo, las diversas formas de corrupción, la lucha de “internas”, la tristeza del corazón, etc. … Por otra parte, toda verdadera mística es fundamentalmente agresiva: se impone hacia afuera de la Institución pero no con violencia tiránica sino más bien con esa mansedumbre que nace de la sabiduría. También hay otra realidad a tener en cuenta: desde 1975 hasta ahora, nuestro medio externo universitario ha cambiado. Se han multiplicado los Institutos educativos universitarios y -con dolor- notamos que algunos de ellos parten de “aprioris”no condicentes con la “universitas”ni con la dignidad de las personas: por ej. se habla de la rentabilidad per capita de una Universidad privada, al alumno se lo llama “cliente”y todo parece reducirse a una transacción mercantil, cuando no a una expresión más de la seductora hambre de consumo de nuestra cultura actual.

2. En situaciones así sólo cabe una solución: mirar atrás y “recuperar la memoria” del camino andado. Se trata de esa dimensión deuteronómica de la existencia cristiana que se abreva no precisamente en misiánicas promesas economistas o funcionalistas sino en la limpidez y frescura de las aguas de aquel primer manantial que le dio fundamento. Tanto frente a la pérdida de la mística interior de esta Institución como frente al medio ambiente mercantilista circundante, me parece nos hará bien hoy, al cumplirse 20 años del Documento “Historia y Cambio”, hacer un esfuerzo por recuperar la memoria, y que esta recuperación sea un nuevo punto de partida inspirador para las desiciones futuras. Por ello propongo, 20 años después, una memoriosa relectura de “Historia y Cambio”, de sus tres principios rectores: lucha contra el ateísmo; avance mediante el retorno a las fuentes; universalismo a través de las diferencias.

3. Cuando hace 20 años escribí la Carta de Principios no imaginábamos el curso que tomaría la historia. Estábamos situados frente a un espíritu cientificista o utilitario; frente a sistemas e ideologías claros y sistemáticos. Hoy, en cambio, las poderosas estructuras de la Modernidad se desgranan irremediablemente y a ese resto de su naufragio (que compartimos) lo llamamos con cierto pudor intelectual: “la postmodernidad”. El desafío histórico contiene toda la ambigüedad de una crisis y el hombre de hoy tiende -por inercia- a reconstruir lo que fue “el ayer”, cuando sólo tiene en sus playas los restos de un viaje trunco. Por ello no nos extrañemos si en la galería del mundo actual encontramos raras convivencias de odios raciales o tribales al lado de predicadores de la paz y armonía con el cosmos, adoradores de cibernéticas y computadoras junto a modernos “yoguis”de la meditación trascendental, la frenética búsqueda de la mejor calidad de vida mientras un cada día más creciente número de personas decrece en su miseria y otros desfallecen de hambre. Todo este panorama aparece englobado por una tendencia de los poderes y dirigencias responsables a uniformar sus decisiones, evitando los grandes conflictos y -por otra parte- canalizando el precio y las contradicciones de los grandes cambios hacia las comunidades, etnias y sectores marginados de las sociedades.

4. En esta nueva situación, en este naufragio, somos parte activa: náufragos; y corremos el peligro de querer reconstruirlo todo por inercia, con los trastos viejos de un barco que ya no existe. O, por el contrario, negar nuestra incertidumbre, inhibiendo la fuerza creativa de nuestra propia historia, de nuestra historia memoriosa. El náufrago siempre está solo con su propio ser y su propia historia: esa es su mayor riqueza. A esta memoria pedimos hoy que acuda a nuestra ayuda. No pedimos ayuda ni a la mera repetición ni al snobismo desesperanzado de quien se acomoda sin más a los tiempos, sino a esa memoria que es verdadera anamnesis, reencuentro: como el profeta Elías, refugiado a escuchar en su silencio la brisa del Espíritu; como en la celebración eucarística, reencontrándonos con nuestra carne y la de nuestros hermanos en la Carne de Cristo. El ámbito universitario, en cuanto búsqueda permanente de sabiduría, es un espacio indicado para este ejercicio de la memoria: reencontrarse con los principios que permitieron realizar un deseo, destrabar lo que impide su continuación, ser fieles así a la propia misión que es precisamente aquello que se deseó y que ahora es y quiere seguir siendo. ¿Cómo rememorar aquellos principios ante estos nuevos desafíos? ¿Desde dónde buscar la ruta que reoriente el viaje del náufrago? Retomemos ahora la Carta de Principios y recordemos sus tres pautas (lucha contra el ateísmo, avance mediante el retorno a las fuentes, universalismo a través de las diferencias) e intentemos un discernimiento, una relectura.